Ulises perdido y reencontrado, Penélope de sí mismo, Antonio García Soler ha rehecho mil veces, tejido y destejido mil veces mil cada poema, cada verso, cada palabra de Los demás días. Ni una sola idea, ni un imperceptible sentimiento, ni el más arriesgado vericueto estilístico deben parecernos crudos o improvisados, porque todo en este libro ha sido largamente horneado. Quizá por eso mismo sus poemas suelen ser cortos, como la verdad. Elude lo superfluo para evitar hablar demasiado, que es lo que hacen los mentirosos. Porque la buena poesía no se deriva de una alineación de planetas favorable, sino que crece y se cosecha sólo si hizo frío cuando tenía que hacer frío, calor cuando tenía que hacer calor. Así, la exactitud de la palabra, su escasez voluntaria, la poda justa hacen que sentimiento e idea lleguen directos a nutrir el fruto. Su resultado es un poema pequeño, justo, exacto, concentrado. Y aunque a veces el poema tiene sabor áspero, sus aromas ligeramente azucarados logran dibujar paisajes si no demasiado exuberantes, siempre poderosos. De modo que a mayor verdad, cuanto más seca sea la verdad, mejor poesía.